viernes, mayo 26, 2017

"Yo, Daniel Blake", de Ken Loach

Escucho en este instante, en la radio, las crónicas de Javier Tolentino, las noticias del festival de Cannes: Naomi Kawase, Michael Haneke, Yorgos Lanthimos, Andrey Zvyagintsev, Fatih Akin, Hong Sangsoo. Será, entonces, el momento propicio para escribir sobre la merecida vencedora de la Palma de Oro de la pasada edición: siempre llego tarde al cine, pero el cine siempre me espera. Una de Ken Loach, un género en sí mismo, una visión certera y franca del ciudadano británico y, por tanto, pese a alguna urna insólita, también europeo.
Las historias del director Ken Loach y el guionista Paul Laverty sobrevuelan la ciudad, registran los edificios de vecinos, los barrios del extrarradio, hasta descubrir al desdichado urbanita sobre el que situar el foco. La tragedia de Daniel Blake me otorga dos referencias literarias obvias, una nacional, el famoso artículo "Vuelva usted mañana" de Larra y la no menos famosa novela inacabada de Kafka, "El proceso". El escrito de Larra denunciaba el estéril intento de un rico inversor francés, Monsieur Sans-délai, por iniciar los trámites de un próspero negocio en el suelo patrio. La pereza, denunciaba Larra, mal endémico de un país de hijosdalgo. Pero no sólo España padece de parálisis funcionarial, y Kafka le dio carácter de universalidad a la indefensión del ciudadano ante la rigidez ilógica del sistema. No sólo le dio ese carácter global, también le proporcionó, con la raíz de su nombre, el adjetivo perpetuo y certero para este tipo de situaciones.
La pesadilla kafkiana de Daniel Blake entristece y enerva a partes iguales, conduce al espectador hacia la terrible constatación de la fragilidad de sus circunstancias. La sociedad surgida de la crisis se ha visto polarizada por el miedo: el miedo de los que ya no tienen y el miedo de los que tienen pero temen perderlo. La ciudadanía ha extraviado la potestad de generar un sistema socioeconómico que se adapte a sus necesidades. Por el contrario, es el sistema el que manda y el que obliga, como una mera cuestión de supervivencia, a esclavizarse a él sin condiciones. Un sistema inclemente que no toma prisioneros.
La pobreza como enfermedad: el no-consumidor pierde su derecho a la vida, igual que los nazis consideraban un acto legítimo la eutanasia masiva de los discapacitados, fueran arios o no: esa es otra de las advertencias de "Yo, Daniel Blake": el británico de pura cepa no se libra de ser entregado en sacrificio: en los laberintos burocráticos habitan hambrientos minotauros que no hacen distinción de nacionalidad a la hora del almuerzo. La informatización de los trámites públicos es, sin lugar a dudas, una oportunidad para agilizar los plazos, los tiempos de espera que postergan una decisión legal indefinidamente. Sin embargo para Daniel esa ventaja digital no es más que otra barrera, otra forma de impersonalizar al individuo, que ya ni siquiera es un papel en una carpeta con su póliza pegada y su firma al final del escrito, sino un leve bache virtual de las autopistas de la información, una anomalía a formatear cuanto antes. I, Daniel Blake, con nombre y apellido, es la sentencia que nos reafirma, que establece nuestra existencia y la voluntad firme de no desaparecer.

lunes, mayo 15, 2017

"La La Land", de Damien Chazelle

Comprendí, sin la menor duda, el motivo de su éxito. Un musical de Hollywood como los de antes, de los que cuentan historias banales que sólo sirven para dar continuidad a las canciones y bailes que conforman el meollo de la cuestión. Pequeñas líneas de diálogo para el enredo, la casualidad, todo muy ligero, sin arrebatos pasionales de melodrama, candoroso incluso, para no robarle protagonismo a ellos, Ryan Gosling y Emma Stone demostrando su dominio de cualquier territorio escénico. Tremendos estos actores estadounidenses que, prácticamente desde la cuna (chicos Disney), se preparan para saber encajar cualquier guión que les tiren y cabecearlo a puerta con la certeza del tanto seguro: la ambición rubia que todos llevan dentro.
Camareras que van a trabajar en un Toyota Prius de muchos miles de dolares (los bobos, burgueses bohemios, esa fachada hueca), avanzan la impostura de una cinta que intenta extraer rasgos de autenticidad secuestrándola de iconos del pasado como Ingrid Bergman o Thelonius Monk. La carrera o la vida, amenazan estos muchachos: fijo que lo primero: todos dicen I love you (el director Woody Allen cuajó, también, un musical cuando se lo propuso), pero realmente lo que desean es ser famosos, carne de reality, generación OT. "Quizás te gustaba cuando era un fracaso porque te sentías mejor contigo misma", le suelta él sin anestesia a ella en plena discusión. Ay, la farándula, la carrera del éxito, que la llaman carrera porque escasean los ganadores y se amontonan los perdedores.
Aguardaba una coda final, el universo paralelo que hubiese supuesto la renuncia de uno de ellos (bueno, de él, en realidad, a qué ocultarlo) a sus sueños de grandeza. Y también comprendí en ese momento que esta película ya la había visto, que se llamaba "Café Society", el gran Woody mencionado de nuevo (esa última escena de rencuentro en un club, magistral: magistral la del cineasta de Brooklyn, claro), y que la comparación terminaba ahí, pues de la de Allen me gustó la letra y la música, y en cuanto a emociones auténticas, para qué comparar. Play it again, Sam.

jueves, abril 13, 2017

Doce

Este pequeño Licantropunk cumple doce años y, como de costumbre, la persona que recuerda todas las fechas le hace un regalo, el libro "Atrapad la vida" de Andréi Tarkovski. El gran director soviético no sólo legó un testamento fílmico que constituye una de las más fascinantes muestras de Arte cinematográfico que cualquier cinéfilo que se precie podrá nunca admirar, sino que también desarrolló por escrito su visión del cine, una teoría arrolladora e indomable que logró materializar con éxito en los fotogramas de sus películas: Tarkovski no tomaba prisioneros: no estaba dispuesto a concesiones para lograr el favor del público y sí a permitir que el espectador atento alcanzara instantes de revelación, atrapara lo inaprensible y reflexionara profundamente sobre la condición humana.
Doce años de Licantropunk, que han sido, que siguen siendo, una búsqueda: la epopeya de la imagen en movimiento, la indagación detrás de títulos de películas y nombres de cineastas, a ver qué sensaciones y qué pensamientos se ofrecen en la siguiente proyección, dos horas de evasión, de olvido y, paradójicamente, de construcción de la memoria. Que todo en la vida es cine y los sueños, cine son.

jueves, abril 06, 2017

"De repente, el último verano", de Joseph L. Mankiewicz

Say, where did I see this guy?
In 'Red River'?
Or a 'Place In The Sun'?
Maybe 'The Misfits'?
Or 'From Here to Eternity'

"The Right Profile" - The Clash
De repente, la semilla de la locura, el instante a partir del cual todo cambia, una explosión de dolor que se lleva por delante a los que habían amarrado sus vidas a la del ausente. Sebastian se llamaba, muerto sin rostro para los créditos de la película (una forma de subrayar su inhumanidad: apetitos sexuales prohibidos), y el triángulo sentimental se completa con su madre Violet (Katherine Hepburn) y su prima Catherine (Elizabeth Taylor), las dos abatidas, locas de atar, un duelo interpretativo Hepburn-Taylor (iconos femeninos opuestos) que se saldó con una nominación al Oscar para cada una y una estatuilla para ninguna (la ganó Simone Signoret por su actuación en una película olvidada, "Un lugar en la cumbre" de Jack Clayton).
Cabeza de Lobo, la escena del crimen, una escena alucinada de crimen ritual, realizado por una pandilla de chavales transfigurados en sacerdotes del sacrificio de un antiguo culto caníbal: la matanza de Cabeza de Lobo que resulta que se rodó en Mallorca (el asesinato de Sebastian recuerda al de Pasolini, emboscado por el cebo de un chapero, también masacrado junto al mar) y que coloca ese lugar, a finales de los años cincuenta (la película es del año 1959), a poca distancia de la Edad de Piedra: el corazón de las tinieblas en las islas Baleares. 
El trauma desgarrador arrastra las vidas de las dos mujeres, Violet y Catherine, a abismos de locura, de modo que el vértice perdido lo ocupará un psiquiatra encarnado por Montgomery Clift. Qué paradoja. Clift había sufrido un grave accidente de tráfico en 1956 y se recuperó de él con cirugía estética y una potente lista de adicciones. En su interpretación del Dr. Cuprowicz se detecta una mirada inquietante y un verbo inseguro, características que podrían atribuirse al talento de uno de los más grandes actores de su tiempo, o a su pérdida. Cantaba The Clash en "The Right Profile", tema dedicado al actor: "Monty's face is broken on a wheel. Is he alive? Can he still feel?". La existencia de Montgomery Clift tras su accidente y hasta su muerte en 1966, fue conocida como the longest suicide in Hollywood history.
Mansiones sureñas con jardines de vegetación asfixiante, pabellones de manicomio de insoportable tensión sexual y quirófanos desvencijados para la práctica de lobotomías redentoras. Las adaptaciones cinematográficas de las obras teatrales de Tennessee Williams han producido una serie de cintas magistrales, de temática escabrosa, que se distinguen por permitir actuaciones capaces de mostrar las mayores virtudes de sus intérpretes y de construir atmósferas sofocantes que desbordan las relaciones representadas: "Un tranvía llamado deseo" de Elia Kazan, "La gata sobre el tejado de zinc" de Richard Brooks o "La noche la iguana" de John Huston, entre otras: paseando por los límites de las pasiones humanas.

lunes, marzo 27, 2017

"La teoría del todo", de James Marsh

En la entrada anterior, dedicada a "La llegada" de Denis Villeneuve, mencioné el nombre de Stephen Hawking, y me di cuenta de que aún no había visto la oscarizada película que fue dedicada a su reputada y reconocible figura en el año 2014. Sabía que la trama de aquella cinta se alimentaba de las memorias que escribió su primera esposa, Jane Wilde y, sin haber visto la película, intuía por dónde iban a ir los tiros. O los fotogramas. Y así ha sido: una historia centrada en su relación amorosa, extinguida por divorcio, pero sin duda un retrato amable. La escabrosidad de las relaciones del matrimonio Hawking, si es que alguna vez existió esa particularidad, no aparecerá aquí, y el panegírico, bien merecido, al más famoso físico teórico desde Albert Einstein, a su invencible cerebro y a su tremenda lucha contra la enfermedad, constituye el propósito de esta película.

El biopic científico moderno ha conseguido grandes reconocimientos cinematográficos, películas ganadoras en premios y en recaudaciones, como "Una mente maravillosa" de Ron Howard o "The Imitation Game (Descifrando Enigma)" de Morten Tyldu. Pero ni Russell Crowe como John Nash ni Benedict Cumberbatch como Alan Turing, consiguieron llevarse a casa la más preciada estatuilla de todas a pesar de que sus papeles estuvieron nominados a los Oscar. Eddie Redmayne sí supo culminar la oportunidad que su camaleónica interpretación de Stephen Hawking le brindaba: ya se sabe que a Hollywood le encantan las actuaciones que reconstruyen la discapacidad. Y tanto Redmayne como su compañera de reparto, Felicity Jones, han catapultado su fama hacia límites estratosféricos en sus últimos trabajos como protagonistas: él a la estela de Harry Potter en "Animales fantásticos y dónde encontrarlos" de David Yates y ella hereda a la princesa Leia en "Rogue One: una historia de Star Wars" de Gareth Edward. Eso debe ser la teoría del todo: del todo o nada

lunes, marzo 13, 2017

"La llegada", de Denis Villeneuve

¿Flashback o Flashforward? Películas puzzle, rompecabezas visuales en los que el espectador está invitado más a mirar que a participar, pues las preguntas que se formulan en la pantalla van a ser difíciles de resolver con las pistas que ofrece el celuloide. Y en este caso será tan complicado de descifrar como lo es el lenguaje de unos extraterrestres canónicos, dignos de aparecer en una de las portadas más bizarras de los antiguos Amazing Stories. ¿No dicen que los pulpos son los invertebrados más inteligentes? Y no me refiero a que sean capaces de acertar el equipo ganador de un encuentro de fútbol. Aunque, bien pensado...
Pero los alienígenas de esta historia, al menos en su aspecto, son lo de menos, esos heptápodos de Erasmus por el tercer planeta del Sistema Solar, lo que es importante es lo que han venido a decir: el contacto, otra vez. En "Encuentros en la tercera fase" de Steven Spielberg, cinco notas musicales insertadas para siempre en nuestro subconsciente cinéfilo, interpretadas por el mismísimo François Truffaut, rompían el hielo con un lenguaje, el de la música, que nos parecía tan adecuado como universal. Es éste un problema fundamental para "La llegada": cómo dialogar con el forastero en tierra extraña. Pocos años antes del estreno del clásico de Spielberg, en plena edad de oro de la ufología, se envió al espacio el famoso mensaje de Arecibo, desde el radiotelescopio del mismo nombre construido en Puerto Rico, tarjeta de visita de la civilización humana para posibles turistas intergalácticos y que se enmarcaba dentro del proyecto SETI (Search for ExtraTerrestrial Intelligence), un mensaje tan bonito en su forma como ilusionante en su propósito. Carl Sagan protagonizaba aquellas iniciativas, un científico que tuvo una popularidad enorme: su serie documental "Cosmos" se estrenó en RTVE en el año 1982 en horario de máxima audiencia, una cifra que, por entonces, país de dos canales, suponía muchos millones de espectadores.
Existen películas, no pocas, que invitan a profundizar en un tema: hincar los codos un poquito. Ya se sabe que incluir ecuaciones en un texto impreso merma considerablemente su éxito editorial. Es conocido el caso de "Breve historia del tiempo", escrita por el físico Stephen Hawking, bestseller del género de divulgación científica que incluía únicamente la icónica fórmula E=mc², ecuación cotidiana que se puede encontrar impresa en la camiseta de cualquier mercadillo: más fácil verla que resolverla. Así que la lectura de "La historia de tu vida", novela corta en la que se basa "La llegada" y escrita por el estadounidense Ted Chiang, y que ha recibido todos los premios posibles de la literatura de ciencia-ficción, será una lectura escasamente farragosa, pero que exigirá detenerse en el principio de Fermat.
Ese principio afirma que la trayectoria real que sigue un rayo de luz entre dos puntos es aquella en la que emplea un tiempo mínimo en recorrerla. ¿La línea recta? Como se ve en la imagen, cuando la luz alcanza el agua, que tiene un índice de refracción diferente al del aire, cambia su dirección, va por la vía negra en vez de por la gris. La luz viaja más lentamente por el agua que por el aire, así que parece buscar un camino más largo en longitud pero menor en el tiempo. El tiempo. Las paradojas de la ciencia son un maná para las fantasías meditadas que los escritores sci-fi vuelcan en sus novelas. El principio de Fermat permite esos resquicios teóricos que dan lustre a un argumento. De la causalidad newtoniana a una restauración del modelo teleológico de Aristóteles, aquel en el que todo componente de la naturaleza tenía una finalidad intrínseca, un objetivo definido a priori: la luz, según el principio de Fermat, toma el camino mínimo sin ninguna vacilación, cambia su rumbo como si supiera, antes de salir del punto A, que el punto B se encuentra debajo del agua: sea porque tiene un GPS o el Libro del tiempo que menciona Ted Chiang, es capaz de anticipar su destino.
Puestos a terminar con la vocación lúdica de este blog, habrá que mencionar otro término que se ha puesto de moda con la película de Villeneuve, la hipótesis de Sapir-Whorf. Para compensar, si el principio de Fermat es "de ciencias" la hipótesis de Sapir-Whorf es "de letras", y viene a decir que la percepción y conceptualización de la realidad depende en gran medida del idioma que utilizamos: el lenguaje afecta al modo de pensar. Esta hipótesis parecerá más acertada cuanto más nos alejemos de los idiomas hablados por culturas similares a la nuestra (el caso del idioma navajo, indescifrable para el enemigo en "Windtalkers" de John Woo), llegando a lenguajes en los que no hay relación entre signos escritos y fonemas, o el ejemplo del lenguaje matemático, cuyo dominio permite el enfoque del pensamiento hacia abstracciones de conocimiento absoluto, una exigencia que es llevada al extremo al tener que derrumbar esquemas mentales adquiridos para construir otros completamente nuevos y, por fin, entender ese inaprensible heptápodo B, ese regalo.

miércoles, marzo 01, 2017

"Comanchería", de David Mackenzie

Hell or High Water, en su título original, una expresión que se podría traducir por contra viento y marea, la determinación insobornable de llevar algo a cabo. Un par de desperados, al igual que aquellos forajidos que surgieron de la Gran Depresión de principios del siglo XX, en Estados Unidos, nombres míticos como el del cinéfilo John Dillinger o la no menos cinematográfica pareja formada por Bonnie Parker y Clyde Barrow. Bandoleros fugitivos que recabaron sin problemas el apoyo popular de su época hasta transformarse en héroes de la clase trabajadora: corre y despluma al banco que ha estado robándome durante tantos años.
Otra película de bank robbers, una que se podría clasificar simplemente como una más sino fuera por su poderoso trasfondo social. La cinta desvela dónde hay grandes posibilidades de encontrar la veta de descontento de la que se ha alimentado el actual inquilino de la Casa Blanca: la equis sobre el mapa: polvorienta tierra de oportunidades abandonada a su suerte: los blancos que echaron a los indios, los bancos que echaron a los blancos. Three tours in Iraq, but no bailout for people like us, reza una pintada sobre un muro desolado: dar todo, la propia vida, y recibir olvido como moneda de cambio.
John Sayles con "Lone Star" adornó el western fronterizo moderno de realismo mágico, la reciente "600 millas" de Gabriel Ripstein traspasó la frontera para destapar el lado más salvaje de la hipocresía estadounidense hacia su vecino del sur y los hermanos Coen dejaron a un lado su sentido del humor adaptando la literatura rotunda de Cormac McCarthy en "No es país para viejos". Ninguna de ellas contaba nada bueno: pocas esperanzas al sur del río Pecos. "Comanchería" no les llevará la contraria.

lunes, febrero 20, 2017

"High-Rise", de Ben Wheatley

Adaptación cinematográfica de la novela "Rascacielos" de James Graham Ballard, publicada en 1975. Adaptación, o al menos eso parecía pretender: se queda en trailer de la novela, en una serie de retazos inconexos, formando una trama incomprensible, opino, para todo aquel que no haya leído la célebre novela de J. G. Ballard: quizás, al menos, la película consiga derivar lectores hacía el libro, curiosos por saber de qué va todo ese caos fílmico (yo la leí en su día, tomando buena nota, una vez más, de las recomendaciones que en los últimos diez años han llegado desde el blog "El tiempo ganado" de Francisco Machuca, fuente inagotable de referencias ineludibles, escritas con maestría y hondo conocimiento del tema tratado: el tiempo ganado, sí, donde nunca el tiempo es perdido). Un reparto acertado (Tom Hiddleston, Jeremy Irons, Luke Evans, Sienna Miller), y una ambientación correcta (menos mal que han mantenido la época de la novela, si la trasladan a la actualidad, en vez de botellas de vino hubieran volado teléfonos móviles por las ventanas) para una interpretación superficial del rotundo mensaje crítico de la obra de Ballard.
Un rascacielos, una moderna torre de viviendas, cuarenta pisos repletos de puertas, de cosas, de gente, de individualidades solitarias, la gran paradoja moderna de colmenas atiborradas de soledades. Un rascacielos de Londres, una ciudad donde poseer un metro cuadrado de suelo embaldosado (embaldosado, embalsamado) sólo está al alcance de los más pudientes, de los salarios más altos. Pero tener una llave de ese edificio es una alegría efímera, una vanidad digna de terminar en la hoguera, Tom Wolfe, como todas. Al poco de vivir en él, entre habitantes de la misma comunidad exclusiva se revelan diferencias abismales: la igualdad termina en el portal: la jerarquía de qué botón se pulsa en el ascensor para llegar a casa se impone, en un límite que parece marcar el piso veinte. De ahí para arriba, de ahí para abajo. Esquizofrenia silenciosa, angustia cotidiana, odio volcado desde las mirillas, obsesiones rasgando la moqueta. La sociedad moderna ha sepultado ideologías y religiones, generando un dios único, posiblemente el peor de todos: el dios del compra hasta morir: más grande, más caro, más ostentoso. Ya en aquel 1975 se había despertado, con la crisis del petróleo, del sueño indolente del estado del bienestar que había engendrado la posguerra europea: la arcadia del consumo satisfecho, que no era más que una respuesta política al antagonismo dictatorial del bloque comunista: había que demostrar, como fuera, que occidente era más dichoso. Pero aquella fiesta terminó.
Si para la sociedad actual, la cueva platónica, ilusión de realidad, es el verdadero anhelo, el tonto feliz, ¿por qué no volver a la cueva pura y dura? Demolición del lujo, de las comodidades superfluas, del estomago saciado, sepultar milenios de progreso, puntales de civilización, olvidados en pasillos hediondos y ascensores atascados. Barricadas en el descansillo y hogueras en las terrazas: el resurgimiento del cazador-recolector, hambriento y sucio, exhausto y peligroso, violento e inclemente, pero que duerme a pierna suelta en su madriguera. Ballard relata magistralmente este descenso por la cadena evolutiva, un camino, a priori, descabellado e irreal, pero contado como una secuencia de acontecimientos tan locos como indiscutibles: la lógica de lo erróneo para un relato lúcido del fracaso de la especie humana, que ha pretendido no ser el mísero mono desnudo que ha sido siempre.
El nuevo mundo del rascacielos de Ballard resulta ser un viejo conocido.

martes, febrero 07, 2017

"Manchester by the Sea", de Kenneth Lonergan

Kenneth Lonergan puede presumir de una carrera reconocida y premiada como autor teatral: triunfar en Broadway. De su trayectoria como director de cine no había visto nada aún, si bien una película suya, "Margaret", la tengo apuntada desde que la BBC la incluyó en su flamante lista de las cien mejores películas de lo que llevamos de siglo XXI: después de "Manchester by the Sea", las ganas de ver "Margaret" han aumentado.
Caigo en la tentación facilona de concluir que se nota la herencia teatral de Lonergan; que los diálogos de la cinta son estupendos, agudos, amargo dulzor; que esta historia trágica que el cineasta neoyorquino ha arrojado a la platea, sepultando por momentos al espectador en un intenso sentimiento de tristeza, es capaz de respirar con un gran sentido del humor: la dosis justa de sonrisas, el desahogo necesario de las lágrimas. No hay salvación, ni catarsis, sólo apaños cotidianos para ir tirando: como la vida misma.
He repasado lo que he escrito durante estos años en el blog cuando aparecía el nombre de Casey Affleck: está claro mi respeto por este actor. "Gerry" de Gus Van Sant, "El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford" de Andrew Dominik, "El demonio bajo la piel" de Michael Winterbottom. También ha dirigido, "I'm still here", aquel falso documental protagonizado por su cuñado, Joaquin Phoenix, pero aquello no me pareció que demostrara sus virtudes desde el otro lado de la cámara, con lo cual va a resultar que Casey va a ser el reverso de Ben, el hermanísimo: discreto actor, buen director, y viceversa.
La naturalidad con la que Casey Affleck logra sacar adelante el personaje autodestructivo y derrotado de Lee Chandler, supone un ejercicio de interpretación sobresaliente. Lee, muerto viviente necesitado de cualquier compasión disponible, acude al rescate de quien menos lo precisa: esos inmortales, dulces dieciséis años, en los que eras invencible y no lo sabías. Los chicos viven, los adultos sobreviven.

martes, enero 31, 2017

"Tarde para la ira", de Raúl Arévalo

La Ley del Talión es la más profundamente inscrita en la naturaleza humana. No hay nadie (tras ser violentamente agredido) que no quiera machacar a su agresor. La convivencia en sociedad (sin embargo) es imposible si no renunciamos a este impulso.
¿Y renunciamos a él?
No.
"Madrid: frontera" - David Llorente

La indefensión del ciudadano medio, si es que existe un ciudadano medio a estas alturas del expolio. Un atraco con víctimas. Se logra detener al que esperaba con el coche en marcha, cómplice absoluto pero que aparenta una culpabilidad menor que los que daban el palo: como si fuera uno que pasaba por allí. El resto del grupo, ladrones y asesinos, se escapa, se libra: el pillado se come el marrón y cierra el pico, años de presidio, el héroe silencioso, pídeme lo que quieras colega: el crimen impune: la justicia amontona casos sin cerrar, vagando perdida en la penumbra kafkiana de los laberintos legales (igual "The Purge" de James DeMonaco arrancaba de los mismos pozos de rencor). Y sigo con otro extracto (la coincidencia temporal entre película y libro me ha regalado estas conexiones) de la estupenda distopía madrileña (el mar de Madrid) relatada en la última novela de David Llorente: "Ya sabemos que una persona puede esperar largos años (el tiempo no cuenta) hasta que consigue consumar la venganza. Ya sabemos que una persona de apariencia normal puede no pensar en otra cosa que en devolver el mal que se le infligió previamente. Ya sabemos (porque lo hemos visto) que el deseo de venganza es el alimento que te da fuerzas cuando desfalleces y el bálsamo que te calma el escozor de las heridas".
La venganza en el cine siempre ha funcionado bien, placer prohibido por ley al que el celuloide ha sabido dar rienda suelta, clave primordial de géneros tan populares como el western. El espectador, transformado en abogado del diablo, aprieta mentalmente el gatillo o apunta hacia otro lado, inmerso en la historia, pero la venganza, fría y estudiada, sólo compete al agraviado, que habrá colocado en la balanza de muchas noches de insomnio las consecuencias que acarrearán sus actos. El guión está escrito a medias entre el director, Raúl Arévalo, y el psicólogo David Pulido, al que tuve ocasión de escuchar en una entrevista en "Hoy empieza todo" de Radio 3. Me quedé con esto: la gestión de la ira: respira hondo y date la vuelta.
Hostales de carretera, baretos de barrio, sórdidas escuelas de boxeo y verbenas de pueblo. La España cañí aguanta impertérrita en pleno siglo XXI: la escopeta de caza y los cartuchos de postas siguen siendo las herramientas por antonomasia para solventar conflictos gordianos: a las bravas y sin miramientos. El actor Raúl Arévalo da el salto a la dirección con una trama rotunda, un directo al mentón sin concesiones, cine negro nacional apuntalado en señas raciales, pero con ecos de Scorsese, de Peckinpah. Este director novel aparecía en aquella fantástica comedia titulada "Azuloscurocasinegro", de Daniel Sánchez Arévalo, hito fundacional que situó el foco sobre una generación de actores sobresalientes: además del mencionado, Quim Gutiérrez, Marta Etura, o, el más laureado de todos, Antonio de la Torre. Y laureles puede que recoja "Tarde para la ira" en la próxima entrega de los premios Goya, esa gala que cada año vilipendiamos pero que, sin duda alguna, volveremos a ver.

lunes, enero 23, 2017

"Angel-A", de Luc Besson

Un tipo a punto de arrojarse al río desde lo alto de un puente, un ser desesperado, harto de la vida, de sus bofetadas y de sus sueños rotos. Un tipo que debe mucho dinero. En el momento culminante, el salto al vacío que no tendrá vuelta atrás, otra persona, qué digo persona, un ángel caído del cielo, se precipita a las aguas turbulentas, de cabeza hacia una muerte segura. ¿Qué hago ahora? ¿Me suicido, le salvo? Le salvaré y, a la vez, me salvaré a mí mismo. ¿"¡Qué bello es vivir!" de Frank Capra? Pues no, "Angel-A" de Luc Besson. Una coincidencia más allá de lo casual invita a pensar que Besson juguetea con la trama del megaclásico de Capra, sustituyendo aquel puente en blanco y negro de Befford Falls (que podría volverse la pecaminosa Pottersville si George Bailey consuma su inmolación navideña) por, también en monocromo, el Alejandro III de la ciudad de París, y en el reparto descambiar a James Stewart por Jamel Debbouze (casi nada: ¡vaya cambio!) y travestir al candoroso Henry Travers en la felina Rie Rasmussen. Pero es la misma escena: 'If God will send his Angels', en el tema de U2 para el disco "Pop", una canción propicia para todas ellas, que aparece en otra banda sonora angelical, la de la película "City of Angels" de Brad Silberling, que a su vez se alimentaba de "El cielo sobre Berlín" de Wim Wenders. Llamando ángeles, ángeles de película, todos hablando entre sí.

Me invita mi amigo Pablo, con un extracto de los que circulan por la red, a contemplar una  escena de "Angel-A", pero quién puede conformarse con un pedacito. En la secuencia veo a una rubia platino con pinta de modelo apoyada en la espalda de un hombre con aspecto de vagabundo, la femme fatale y el clochard los dos enfrente de un espejo, ella hablándole de la belleza interior, convenciéndole de aquello de que amar a los demás empieza por amarse a uno mismo. A él le reconozco rápido, Jamel Debbouze, actor que aparece en "Amélie" de Jean-Pierre Jeunet o en "Días de gloria" de Rachid Bouchareb, y de ella, Rie Rasmussen, sólo puedo pensar que fue la que le quitó el puesto a Milla Jovovich, musa primordial del director francés, cuando ésta se divorció de Luc Besson tras el rodaje de "Juana de Arco". Igualita, igualita ¿También suelta patadas voladoras? También, si fuera menester.
Si el contraste entre James Stewart y su ángel de la guarda era grande (más físico que moral), en la de Luc Besson es inmenso, pero bien utilizado supone un mordiente para la historia, una disparidad en los personajes que anima a seguir mirando mientras atraviesan situaciones que despiertan la perplejidad y la sonrisa del espectador. A ello se suma una excelente fotografía en blanco y negro: París del Sena, de los cafés y los bulevares, para un melodrama moderno de lumpen y soledad, de redención y segundas oportunidades, un guion que, sin embargo, se ve trastocado en la parte final de la película: demasiado apresurado por llegar a la meta, retirado del horno antes de tiempo: la trama se suicida y la cinta se presta a recortar de ella los momentos mejores, sí, y colgarlos en Internet, restos del pecio, como el que llegó a mi orilla, varado en el rompeolas. Bueno, en el muro, en realidad...

viernes, diciembre 30, 2016

"Rogue One: una historia de Star Wars", de Gareth Edwards

Hace mucho tiempo, en un cine que ya no existe, unas letras amarillas se adentraban en la pantalla contando que unos rebeldes habían ganado su primera batalla a un malvado imperio galáctico y que durante esa batalla habían robado los planos de una estación espacial llamada, nada menos, la Estrella de la Muerte. Episodio IV, anunciaban esas letras, mientras nos preguntábamos cuándo habían rodado los tres primeros y por qué no se habían estrenado en España. Ahora, a un golpe de calendario de que pasen cuarenta años, aquel resumen introductorio se expande en un episodio que no es el tercero, ese ya lo estrenó George Lucas, cerrando un bucle, en "La venganza de los Sith", sino que se trataría de un tres y medio, un prólogo al cuatro: quizás un cuatro menos cuarto. Aquella batalla y aquellos planos robados, que eran una suerte de macguffin para poner en marcha "La Guerra de las Galaxias", son el leitmotiv de "Rogue One".
Aparte de la división de opiniones que pueda generar la película en cuanto a su oportunidad (financiera fijo que lo es) y al balance crítico en el espectador, uno de los puntos candentes que destaca la cinta es el de los límites de la representación en el cine atiborrado de efectos digitales actual: la resurrección de actores y actrices, fallecidos o envejecidos, mediante una recreación lo más fiel posible de su aspecto en un modelo tridimensional informático. ¿Se imaginan una segunda parte de "Casablanca" con Rick e Ilsa interpretados por el aspecto exacto de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, marionetas desapasionadas y desilusionantes? ¿A qué Actors Studio habrán asistido el ejército de animadores de Industrial Light & Magic? Me temo que en la cara digitalizada de Peter Cushing como gobernador Tarkin se abre una puerta peligrosa para que los estudios de Hollywood vuelvan a colocar en el cartel de sus producciones nombres como James Dean, Marilyn Monroe, Marlon Brando o Steve McQueen: testamentos traicionados. Ojalá que no.
"Esperanza", proclama la princesa Leia Organa, y un escalofrío recorre la sala, sacudida por los titulares recientes, una princesa Leia que ya no es Carrie Fisher, no, sino que es un implante como los que se introducían en los Replicantes de "Blade Runner" para que tuvieran sucedáneos de memoria: en eso se convertirá el espectador, en un consumidor de nostalgias. Y así sucede en "Rogue One", en su tramo final, con la batalla del planeta Scarif, que es cuando el celuloide empieza a oler a Star Wars realmente: vuelan las formaciones de Ala-X combatiendo los cazas Tie y restallan los sables láser: misiones suicidas y sacrificios heroicos. Hasta ese momento se asiste a una trama más o menos conexa, aunque con agujeros de guión que quizás deba rellenar un episodio cuatro menos veinte (quizás esté previsto), en la que la presencia de dos grandes actores como Mads Mikkelsen o Forest Whitaker parecía querer dar lustre: desaprovechados ambos, sobre todo en el caso de Whitaker, con un personaje, Saw Gerrera, plano y vacío: un partisano de cartón piedra. En cuanto a los jóvenes protagonistas, a Diego Luna se le ve algo falto de empaque, de modo que a la Jyn Erso interpretada por Felicity Jones le tocará llevar el peso de la trama: esas heroínas galácticas a las que Carrie Fisher señaló el camino.

lunes, diciembre 26, 2016

"El hijo de Saúl", de László Nemes

La lente se desenfoca, se vuelve miope a dos metros de distancia, con la intención de disolver el entorno, de hacerlo inaprensible, de retratar el espacio difuso de las pesadillas: Dante paseando por el infierno en la Tierra. Arbeit macht frei, lema indicado para los sonderkommando que colaboraban en las bien engrasadas factorías de la muerte que eran los campos de exterminio del nazismo: en la magnífica novela "Las benévolas" de Jonathan Littell se puede uno hacer una idea perfecta de los índices de productividad (eficacia alemana) que defendían aquellas instalaciones: stock disponible, fabricación en cadena y valor añadido. Sin embargo, la promesa de libertad era vacía: Roma no paga traidores: chicos pálidos para la máquina que también saldrán de allí convertidos en humo. Un grupo de ellos se rebelaron, como se retrata en "La zona gris" de Tim Blake Nelson, último gesto de dignidad para unos hombres a los que se les había arrebatado todo.
¿Qué gramo de esperanza le puede quedar al que ha contemplado el fin de la Humanidad? En el individuo que es deconstruido hasta el nivel de hacerle trabajar en el holocausto de los suyos, no se concibe que anide ni un ápice de futuro. Y sin embargo el impulso vital, genético, de la perpetuación de la especie constituye el último reducto del hálito creador que resiste ante tanta destrucción. En "Hijos de los hombres" de Alfonso Cuarón, la especie humana condenada a la extinción por una insólita plaga mundial de infertilidad, contiene el aliento en presencia de una mujer embarazada. Y Saúl, inmerso en su locura cotidiana (no puede uno dejar de pensar en los testimonios de antiguos sommerkommando que desgarran los fotogramas de la monumental "Shoah" de Claude Lanzmann) parece sufrir el mismo efecto: los niños lo primero.